3 de Agosto de 2019

El comedor social En Haccore está en el límite entre la Buenos Aires formal y la informal: donde terminan las calles y comienzan los pasillos estrechos de uno de los asentamientos precarios más grandes de la ciudad. Allí se desarrolla una experiencia que, en base a energías renovables y a prácticas de economía circular, busca mejorar la calidad de vida de las personas.

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“Aquí nos desbordaba la basura, porque los camiones recolectores a veces vienen y a veces no vienen. Gracias a un biodigestor ahora estamos convirtiendo esos residuos en biogás, lo que nos permite pagar menos energía para cocinar. Es un sueño cumplido”, cuenta a IPS Bilma Acuña, fundadora y referente del comedor.

Acuña cuenta que creó el comedor social en 1993, cuando perdió su trabajo como obrera en un frigorífico, igual que muchos otros en el barrio durante el gobierno del neoliberal presidente Carlos Menem (1989-1999), que llevó al desempleo a tasas cercanas al 20 por ciento.

Lo llamó En Haccore, que es una expresión en arameo que hace referencia a un manantial de la historia bíblica de Sansón y Dalila. El comedor está en el sur de la capital argentina, a 15 minutos del centro por autopista, en la entrada del asentamiento conocido como Ciudad Oculta -nombre sobre cuyo origen hay distintas teorías- en el que viven hacinadas unas 25 mil personas.

Hoy, en el contexto de un país de 44 millones de habitantes que ha generado 2.650.000 nuevos pobres desde el año pasado al actual, según datos oficiales, Acuña dice que en el barrio hay más necesidades que nunca.

Basta caminar pocos minutos con ella para comprobarlo: los vecinos se le acercan y le piden leche, arroz, fideos o cualquier alimento que puedan llevarse a sus casas. El comedor brinda almuerzo y merienda a 300 personas de lunes a viernes, pero cada día hay nuevas personas que piden sumarse a las mesas.

En el comedor funciona desde 2017 lo que sus promotores llaman “biosistema urbano”, cuyo objetivo es replicar en el ámbito de la ciudad el funcionamiento propio de la naturaleza, donde todo lo que se consume es generado dentro del propio sistema y todos los residuos son aprovechados.

Así, el biodigestor, que es un recipiente hermético donde la falta de oxígeno posibilita la aparición de las bacterias que descomponen la materia orgánica, no solamente es utilizado para producir biogás con las cáscaras de decenas de kilos de papas o zanahorias que se pelan cada día en el comedor.

Además sus residuos se aprovechan para optimizar la producción de compost y como abono para la huerta que funciona en la terraza.

También sobre el techo se instaló un colector solar que calienta el agua mediante energía térmica y que permitió reducir la compra de gas envasado, ya que en esta zona desfavorecida de la ciudad no hay conexión a gas natural.

“Entendemos que el principal problema ambiental es la exclusión de los más vulnerables. Y que el cuidado del entorno puede realizarse mejorando la calidad de vida de la gente y facilitando su acceso a la energía y a la alimentación sana”, dice a IPS Gonzalo del Castillo, responsable del proyecto.

“Queremos desmitificar la idea de que sólo pueden cuidar el ambiente aquellos que ya tienen sus necesidades básicas satisfechas. Por el contrario, creemos que aumentar la calidad ambiental contribuye a que las personas que enfrentan mayores obstáculos desarrollen su resiliencia, que es la capacidad de adaptarse a los problemas del entorno”, agrega.

Del Castillo es el director del Capítulo argentino del Club de Roma, una organización global nacida en Italia en 1968 que reúne a personas de distintos ámbitos y que fue una de las primeras voces en plantear los desafíos para el bienestar humano que plantea el deterioro ambiental.

La filial local del Club de Roma creó en Argentina el Centro de Sustentabilidad para Gobiernos Locales (CeSus), que brinda asistencia técnica a municipios en cuestiones ambientales y sociales y fue convocado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires para trabajar en Ciudad Oculta.

El proyecto busca romper con la lógica de que en los ámbitos urbanos se consumen alimentos y combustibles para generar energía producidos en el ámbito rural, y que esos procesos dejan residuos que deben ser enviados a disposición final, a menudo en las propias zonas rurales.

Del Castillo explica que la idea en el comedor En Haccore fue construir “un sistema integrado, en el cual la energía solar sirve para reducir el consumo de gas al cocinar, a la vez que los residuos generados en la cocina alimentan el bidiogestor y éste genera nueva energía en forma de biogás, al mismo tiempo que deja otros residuos que se utilizan para fertilizar la huerta orgánica y la máquina que hace compost”.

La huerta no es otra cosa que cajones con tierra instalados en una terraza con piso de cemento, donde se producen verduras y hortalizas y también se experimenta con la producción de hongos comestibles a partir de residuos celulósicos (por ejemplo, restos de café) y cultivos hidropónicos, que no utilizan tierra y hacen un consumo más eficiente del agua.

También existe un punto de acopio de aceites vegetales usados, que son retirados periódicamente por una fundación que los utiliza para fabricar diodiesel.

“El aceite era un problema muy grave aquí, porque a menudo era arrojado a cañerías o pozos y alteraba todo el sistema, debido a la precariedad de la infraestructura sanitaria, que es informal”, explica a IPS Milagros Sánchez, coordinadora del proyecto en Ciudad Oculta.

El proyecto incluye una participación central de la comunidad a través de talleres de capacitación, porque el objetivo es que continúe una vez que el CeSus se retire.

“Ahora sueño con tener un biodigestor y un colector solar para producir mi propia energía en mi casa”, contó a IPS Alejandra Pugliese, una vecina que, a partir de su participación en los talleres de huerta, dice que cambió su forma de ver la vida.

“Tomé conciencia de que si uno se conecta con los ciclos de la naturaleza es posible mejorar la calidad de vida aun con pocos recursos”, agrega Alejandra, quien trabaja cuidando niños y ancianos y últimamente ha visto reducidos sus ingresos, por la severa caída de la actividad económica que se produjo en la Argentina desde 2018.

El biosistema urbano ya comenzó a experimentarse también en otro comedor de Ciudad Oculta y en uno de otro asentamiento del sur de Buenos Aires: la llamada Villa 21.

El CeSus busca apoyo del sector público para demostrar que es posible que en las comunidades urbanas se aplique la lógica circular de los ecosistemas naturales, de manera que sean autosustentables.

Fuente: IPS